Una película que tal vez no sea para todo tipo de público. Desde su mismísima temática (muy cercana a los casos de vejaciones en fiestas que saltan a la palestra en las noticias y de las que sus agresores salen inexplicablemente absueltos) hasta su desarrollo formal traducido en una primera mitad relativamente tranquila -llena de planos sostenidos al paisaje, a Coronado, sus rutinas- a la que sigue un nudo tenso que muestra cómo el protagonista no quiere ensuciarse las manos pero descubre que tiene que hacerlo. Culminando con un final opresivo y demoledor. He oído a gente salir de la sala de cine argumentando que toda la película se les había caído por el final. Otros, dentro de la propuesta, lo habían encontrado arriesgado pero acertado para la película. Yo directamente no sabía cómo sentirme.

Es un thriller maduro, de colores tan apagados como escapes de tensión nerviosos (la visita del protagonista a un familiar de un paciente infante, el atropello a un motorista, el precedente al clímax en el lavabo de la discoteca). No es un ‘Venganza (Taken)’ con Coronado marcándose un Liam Neeson. Y eso es una de las mayores bondades de la película. Estamos tal vez ante el José Coronado más complejo, contenido y brillante que hemos visto en los últimos años. Es un actor con una personalidad y carisma brillantes y su guión se ampara en él sin dudarlo. Pues en el plano del libreto, es uno que funciona y engancha, pero que tampoco es que tenga una trama musculosa que lo vale por ella sola.

El director aún tiene su mirada puesta en ‘Secuestrados’ y trata de imprimir planos secuencias o sostenidos en momentos en los que igual habría hecho falta algo más de dinamismo. Aunque sin esos planos nos perderíamos el porte y las expresiones de Coronado. Las cuales también valen su peso en oro.

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