Kevin Spacey aparte, ‘House Of Cards’ arrancó realmente magnética a todos los niveles. Robin Wright daba la réplica de forma bestial. Kate Mara componía un personaje secundario que se tornaba protagónico con cada nueva pincelada. La dirección y el estilo visual estaba por encima de la gran mayoría de productos televisivos. Y como viene siendo marca de la casa: un final que dejaba con ganas de mucho más.

La segunda temporada es la mejor para mí. La culminación perfecta de los entresijos presentados y desarrollados en la primera. Desde esa escena inolvidable y abre bocas en el metro uno sabe que lo que va a venir va a ser sin ningún tipo de control ni convencionalismo. Hasta su plano final podría haber sido un final de fiesta desolador e implacable.

Pero no. Lo mismo de siempre. Ya sea en Netflix, en Showtime, en Fox. El alargamiento y sus consecuencias. Recordemos que la original era una miniserie de inicio, estructura y final cerrados repartidos en tres entregas. Aquí esta tercera temporada cede fuerza y comienza a resentirse tanto en ideas como en desarrollo. La cuarta era mejor, pero se alejaba de lo sombrío e íntimo de las dos primeras. Ya era definitivamente más comercial.

El declive definitivo de la serie no llegó con el escándalo ya sabido a voces de Spacey. Llegó con una quinta temporada vacía y decepcionante, que prácticamente traicionaba o ponía de cara a la pared cada ideal por los que la serie se había sustentando desde sus principios. Y ya luego la sexta, es de comer aparte. Mira que tenía una división de episodios reducida, a una Robin Wright desatada y a un clima actual del #MeToo a favor. Pues nada, los argumentos son risibles a más no poder. Y aburridos, todo un crimen para el tipo de serie que es ésta. Culminando con un broche final triste y completamente olvidable.

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