Tuve una profesora una vez, en mi período de formación pasada cuando aún quería enseñar a niños de Educación Infantil, que siempre desechaba muchas de mis ideas e historias que proponía de cara a actividades. Me acusaba de ser demasiado complejo, de echarle demasiada historia y lógica a lo que proponía. Cuando los juegos de niños eran más simples -no por ello menos divertidos- justamente porque debía pensar como un niño y no como un adulto. Los niños no se complican tanto buscando respuestas tan lógicas y disfrutan más casando sus conocimientos terrenales con su desbordante imaginación. Y visionando esta película (como buen amante de Winnie The Poo que soy), no he parado de recordar sus palabras a la par que el Christopher Robin adulto y sombrío de Ewan McGregor regresaba a su infancia poco a poco conforme la trama avanzaba. Y es que esta es una película de choques de realidad.

Realidad 1: Seguramente haya quien diga que esta película es seca, lenta, con resoluciones de guión complacientes o que no explica cómo es posible que los personajes del bosque tengan vida propia y cabida en un mundo “creíble” y real. Lo cierto es que quitando lo de lenta (porque se me hizo muy, muy entretenida) razón no les quito tampoco. Ahora bien, es mi parte adulta y frustrada la que no les quita la razón. La parte que reconoce estar trabajando o dependiendo de “aquelarres” o monstruos del bosque que asustan, que nos exprimen las ilusiones, que utilizan la vil realidad para ahogar muchos de nuestros deseos, que nos obligan a implantar la lógica para todo aún frente a cosas para las cuales tal vez ni las necesitamos. En otras palabras, la parte mayor que se puede identificar con el Christopher Robin de la primera mitad de película.

Realidad 2: Pero si esta película tiene un poder potente es en evocar nuestra infancia. Mi infancia. Lo que éramos entonces, lo que decíamos, en lo que creíamos. La parte en la que no nos daba miedo luchar contra los monstruos a los que temíamos. Cuando sonreíamos sin parar, aún sin tener un motivo. Cuando nos preguntábamos “¿Qué dia es hoy?”, a lo que respondíamos “Hoy es hoy”, para finalmente concluir: “Hoy es mi día favorito”, en lugar de lamentarnos por levantarnos de la cama cada lunes. Cuando no hacíamos nada, ni trabajar demasiado, ni matarnos a hacer deberes kilométricos, ni estar absorbidos por el WhatsApp o el Instagram, y al hacer nada poníamos a trabajar el cerebro y nos sacábamos de la chistera juegos y amigos imaginarios con los que jugar y crear. Cuando en vez de usar la lógica, usábamos el corazón con la imaginación para dar lugar a mezclas explosivas y divertidas.

Conclusión: No soy la persona que era hace 4 años. Ya no pregunto qué día es hoy, ni tampoco estoy en donde quería estar cuando acabé mi carrera y terminé por “madurar”. Eso me ha hecho más espabilado, y a la vez más amargado. Y de buenas a primeras me niego a creer que existen las hadas, ni los animales fantásticos, ni las historias con final feliz. Es más, en términos cinematográficos, hasta las aborrezco cuando están contadas de forma risible y cursi. Pero no puedo negar que otra parte encerrada en lo más profundo de mi ser sigue dando puños contra las pardes, tratando de salir, de volver a recordarme quién era y en lo que creía. La parte que me animaba a caminar por la senda nebulosa de monstruos (realidad) para alcanzar a los amigos y los deseos que tanto ansiaba desde el principio. Y esa parte es la que he vuelto a sentir, en términos cinematográficos, con esta ‘Christopher Robin’. Si encima está bien hecha, bien dirigida y sin resultar una obra maestra se disfruta del todo, pues la apruebo y con gusto. No hacen falta más explicaciones.

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